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Poesía

Rhina P. Espaillat

Traducción

© 2005-2008 Per Contra: The International Journal of the Arts, Literature and Ideas

La Muerte Del Jornalero, Poesía de Robert Frost Traducción: Rhina P. Espaillat

 

 

María, absorta ante el quinqué encendido,

esperaba a Rubén. Oyó su paso,

y de puntillas cruzó el pasillo oscuro

a darle la noticia y prepararlo

en el mismo portón. “Ha vuelto Silas.”

Se lo llevó consigo a la veranda,

cerró la puerta, y dijo, “Ten piedad.”

Puso en el piso compras que cargaba

Rubén, y le indicó que se sentaran

en los viejos escalones de madera.

 

“Y cuándo he sido menos que piadoso?

Pero no aceptaré que vuelva,” dijo.

“En el último henaje, no recuerdas?

Le dije ‘Si te vas, has terminado!’

Para qué sirve? Quién lo acepta, y dónde,

a su edad, para hacer lo poco que hace?

No se cuenta con él, ni para poco.

Siempre se esfuma cuando más me falta.

‘Le parece que debe ganar algo,

aunque sea para un poco de tabaco,

por no pedir ni deberle nada a nadie.’

‘Bueno,’ le digo, ‘pero no hay con qué

pagarte sueldo fijo, aunque quisiera.’

‘Hay quien puede.’ ‘Pues quien pueda, que pague.”

No me doliera si se superara,

si de eso se tratara. Lo seguro

es que comienza así porque alguien viene

engatusándolo con centavitos—

para el henaje, cuando faltan manos.

En el invierno, vuelve. Ya estoy harto.”

 

“Calla! Que te oye,” susurró María.

 

“Bueno: temprano o tarde, me ha de oír.”

 

“Duerme, agotado, al lado de la estufa.

Cuando volví de Rowe me lo encontré

ante el portón del granero, acurrucado,

dormido—cosa triste, y espantosa—

no te rías—casi no lo conocí—

no lo esperaba—y noté como ha cambiado.

Ya lo verás.”

 

                        “Dónde dices que ha estado?”

 

“No me dijo. Yo lo llevé a la casa,

le dí tisana y le ofrecí tabaco.

Quise que me contara donde ha estado.

Pero no: iba quedándose dormido.”

 

“Y qué te dijo? No te dijo nada?”

 

“Muy poco.”

 

                        “Pero, qué? Dilo, María,

dijo que vino a zanjarme el prado.”

 

“Rubén!”

 

                        “Pero lo dijo? Sólo por saberlo.”

 

“Por supuesto. Qué quieres tú que diga?

No puedes resentir que un pobre viejo

quiera salvar a medias su amor propio.

Y su intención, si te interesa oírla,

es desbrozar el pasto en la colina.

Te suena a cosas que has oído antes?

Rubén, si hubieras escuchado como

todo lo confundía. Callé, a ver,

dos o tres veces—cosa tan extraña—

si era sumido en sueño que me hablaba.

Habló de Arturo Wilson—lo recuerdas—

el joven que ayudó con el henaje

hace cuatro años; se graduó, es maestro.

Silas insiste que debes emplearlo.

Dice que entre los dos harán prodigios:

que, juntos, han de transformar la finca!

Y eso lo mezcló con otras cosas.

Dice que es hábil Wilson, a pesar

de su locura por saber—recuerdas

los pleitos que tuvieron bajo el sol,

Silas en la carreta, amontonando

el heno que Arturo le lanzaba.”

 

“Si, pero me mantuve a la distancia.”

 

“Esos dias lo atormentan como un sueño.

Quién lo diría. Heridas hay que duran!

Le picó el bachiller con su confianza.

Despues de tanto tiempo, se le ocurren

argumentos que quisiera haber planteado.

Yo lo comprendo. Sé lo molesto que es

caer—ya tarde—en la respuesta exacta.

A Arturo él lo asocia con latín.

Me preguntó, qué me parece aquello

que dijo Arturo: que estudió el latín,

como el violín, porque le gusta—Vaya

razón aquella! Y no logró enseñarle

que con púa de avellana se halla el agua—

eso demuestra de qué sirve leer.

Quería repasar eso. Y ante todo

dice que si le dan otra ocasión

le enseña a hacer almiares como experto—“

 

“El solo triunfo que Silas ha logrado.

Cada horquillada en su preciso puesto,

notada como en rótulo, y luego

desalojada de su puesto, para

descargar el almiar. Hace eso bien.

Horquillea en montones como nidos.

Nadie lo ve pisar la misma paja

que horquillea, como para elevarse.”

 

“Dice que si pudiera enseñarle eso,

Arturo quizás sirva para algo:

los jóvenes se atontan con los libros.

Pobre Silas, tan atento a los demás,

sin nada en el pasado que dé orgullo,

sin nada en el futuro que esperar,

ahora y siempre, y nunca de otro modo.”

 

Un trozo de luna en rumbo al occidente

iba arrastrando el cielo hacia los montes.

Luz se le derramaba en el regazo,

y ella la vió, le abrió su delantal,

pasó la mano por las campanillas—

sus cuerdas de arpa tensas al rocío

desde el arriate a los aleros altos—

como quien toca, inaudita, una ternura

que en la noche se apoderaba de él.

“Rubén, vino a morir aquí, en su casa,”

dijo. “No temas, esta vez, que se te vaya.”

 

“Su casa,” dijo, en burla.

 

                        “Y cómo no?

Depende de lo que uno nombra ‘casa.’

Claro que no es familia, ni tampoco

lo fué aquel perro que vino, extraño, ajeno,

del bosque, agotado de caminos.”

 

“Tu casa es donde tienen que ampararte,

si tienes que pedirlo.”

 

                        “Yo diría,

donde no es necesario merecerlo.”

 

Rubén dió un paso o dos, tendió la mano,

tomó un palito y lo lanzó, deshecho.

“Crees que le debemos más a Silas

que le debe su hermano? Trece millas

cortitas, caminando llegaría a su puerta.

Más de eso ha caminado Silas hoy.

Por qué no se fué allá? Su hermano es rico,

un gran señor—y director del banco.

 

“Nunca lo dijo aquí.”

 

                        “Pero se sabe.”

 

“Su hermano debe, sí, brindarle ayuda.

Haré lo necesario. Porque es cierto

que lo debe amparar, y quizás quiere—

quizás es mejor hombre que su fama.

Pero, pobre de Silas. Te parece

que si él sintiera orgullo al reclamar

ese hermano, esas deudas de hermandad,

viviera tantos años sin nombrarlo?”

 

“Qué los aparta, me pregunto.”

 

                        “Eso

lo sé: Silas—en sí—no nos ofende,

pero es hombre que avergüenza a los parientes.

Nunca en la vida habrá hecho nada infame.

No comprende por qué lo consideran

menos que nadie. Aunque no vale nada,

no se humilla por complacer su hermano.”

 

Yo no creo que jamás ha herido a nadie.”

 

“No, pero me ha herido el corazón

verle el cabezón viejo acomodarse

al sillón duro; no aceptó el sofa.

Debes entrar a ver lo que se hará.

Le tendí cama y pasará la noche.

Te vas a sorprender—es una ruina.

Ya no trabaja más; de eso no hay duda.”

 

“No vale apresurarse con decirlo.”

 

“No me apresuro. Ve, tu lo verás.

Pero, Rubén, recuerda que es así:

él ha venido a zanjarte el prado.

Y tiene un plan. No atrevas a reírte.

Quizás no hablará de eso, quizás sí.

Me quedo a ver si aquella nube chica

topa o no con la luna.”

 

                        Sí topó.

Y entonces fueron tres, en fila tenue:

luna, plateada nubecita, y ella.

 

Volvió Rubén—que pronto, ella pensó—

se sentó, tomó su mano y esperó.

 

“Rubén?” le preguntó.

 

                        Respondió “Muerto.”   

 

 

“After Apple-Picking, “Birches, “The Death of the Hired Man,” The Silken Tent,” and “Mending Wall” from THE POETRY OF ROBERT FROST edited by Edward Connery Lathem. Copyright 1930, 1939, 1969 by Henry Holt and Company, copyright 1942, 1944, 1958 by Robert Frost, copyright 1967, 1970 by Lesley Frost Ballantine. Reprinted by permission of Henry Holt and Company, LLC.

 

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La Muerte Del Jornalero, Poesía de Robert Frost Traducción: Rhina P. Espaillat