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Poesía

Rhina P. Espaillat

Traducción

© 2005-2008 Per Contra: The International Journal of the Arts, Literature and Ideas

Abedules, Poesía de Robert Frost Traducción: Rhina P. Espaillat

 

Los abedules se bifurcan ante

la línea oscura de árboles más rectos;

quiero pensar que los domó algun niño.

Pero no dura la labor de un niño.

La que hace el hielo, sí. Los habrás visto

cargados de hielo en las mañanas

de sol cuando ha llovido. Hacen cric-crac,

rama con rama, cuando el viento irisa

y fractura el esmalte que los cubre.

Luego el sol los despoja de cristales,

avalanchas se estrellan en la nieve

de vidrios que parecen, al barrerse,

fragmentos de la bóveda del cielo.

Sobre helechos marchitos se amontonan;

parecen no quebrarse, pero nunca,

tras inclinarse tanto, se enderezan.

En el bosque se ven arquear sus troncos

por muchos años, y arrojar las hojas

al suelo, como niñas de rodillas

en pleno sol para secarse el pelo.

Pero decía, antes de interponerse

la Verdad con sus asuntos prácticos,

que prefiero pensar que algún muchacho

los doma, si va y vuelve con las vacas—

lejos del pueblo y el juego de pelota,

obligado a inventar sus propios juegos,

sea verano o invierno, y jugar solo.

Por subyugar los árboles paternos

uno por uno se ha trepado en ellos,

quitándoles, por fin, la rigidez,

sin dejar uno erguido, ni uno solo

indómito. Lo que aprender debía,

lo aprendió: no desprenderse antes

de tiempo, y evitar llevarse el árbol

hasta la tierra. Supo mantenerse

siempre en la copa, montarse con cuidado,

como quien llena un vaso al mismo borde,

y hasta encima del borde. Y sólo entonces,

con un chasquido, un salto, se lanzaba,

pateando el aire hasta pisar la tierra.

Así fui yo también, en otro tiempo,

domador de abedules; sueño serlo,

cuando me agobian los asuntos graves,

y la vida parece un bosque espeso

donde la cara siente telarañas

que irritan y pican, lagrimeando

un ojo latigado por las ramas.

Bueno sería alejarme de la tierra,

para volver y comenzar de nuevo.

Que no me oiga el destino mal, ni a medias,

con sólo arrebatarme de la tierra

sin más volver. La tierra es donde se ama:

no sé dónde el amor mejor se afinque.

Yo bien me iría trepando a un abedul,

por esas ramas negras, tronco blanco,

camino al cielo, hasta que se inclinara

bajo mi peso, y me dejara en tierra.

Eso me serviría de ida y vuelta.

No hace mal quien se lanza de abedules.

 

“After Apple-Picking, “Birches, “The Death of the Hired Man,” The Silken Tent,” and “Mending Wall” from THE POETRY OF ROBERT FROST edited by Edward Connery Lathem. Copyright 1930, 1939, 1969 by Henry Holt and Company, copyright 1942, 1944, 1958 by Robert Frost, copyright 1967, 1970 by Lesley Frost Ballantine. Reprinted by permission of Henry Holt and Company, LLC.

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Abedules Poesía de Robert Frost Traducción: Rhina P. Espaillat